Dentro del sector agropecuario, la comunidad joven en las comunidades rurales ha sufrido una realidad preocupante: la confusión que existe entre el desarrollo con crecimiento económico, esto reflejado en una visión limitada que enajena las perspectivas macro socio-económicas por encima del bienestar humano.
En la actualidad, las tendencias mundiales y las redes sociales, nos han incentivado la idea de que tener más dinero significa automáticamente un mayor desarrollo. Sin embargo, la realidad es que el desarrollo humano se refiere a finalidades distintas a las del crecimiento económico.
Dentro del entorno rural, algunas alternativas de “desarrollo» van y vienen sin dejar rastro de impacto real; desde las microfinanzas, el amaranto como cultivo milagroso, la mejora genética, y ahora los huertos urbanos: cada nueva tendencia a pesar de tener buenas intenciones o ser una solución, rara vez se le da un seguimiento o una evaluación seria de impacto.
El problema no radica en que estas iniciativas sean mal planeadas, sino en que se gestionaron y ejecutaron sin considerar las condiciones específicas de cada región o comunidad. Cuando se habla de una evaluación de impacto, comparan una encuesta de satisfacción con un impacto riguroso que mida los cambios reales en las condiciones de vida de las personas.
Como mencionamos, más allá de los cambios, instrumentos o los ambientes, el verdadero elemento que conlleva hacia el desarrollo y al crecimiento económico, es el entorno humano, ya que él hace posible cualquier transformación productiva, territorial o social. Esta perspectiva no es nueva, pero se ha perdido en medio de la obsesión por las tendencias productivas – económicas de la globalización, estando en un país con un índice alto de población en condiciones de pobreza, refleja una realidad en la cual, se busque con mayor afán el aspecto económico.
Algunas comunidades rurales a lo largo del país, aún se resisten a las adaptaciones del «desarrollo» transmitidas por la globalización. En sitios locales, siguen existiendo los mercados de trueque, se mantienen las tradiciones culturales, las formas de producir y las costumbres de manera ancestral , sin embargo, también es cierto que muchas de estas comunidades no han logrado resolver sus problemas de pobreza y marginación.
Es difícil reflexionar si es suficiente preservar las tradiciones si no se mejoran las condiciones de vida, lo que resulta claro, es que las posibles soluciones aplicadas por las entidades, sin considerar el contexto cultural y las necesidades específicas de cada lugar, sin ningún control o seguimiento están destinadas a los malos resultados.
Otro reflejo de estas diferencias de desarrollo o crecimiento, están en las dependencias gubernamentales, quienes han ejecutado o imitan modelos transnacionales como alternativas de «punta de lanza», pero en la aplicación se alejan de la realidad en cada localidad.
Uno de los enfoques más preocupantes en el desarrollo rural actual es el de los «proyectos a la comunidad», siendo un obstáculo sus acciones y sus visiones que no permiten ver los problemas estructurales más amplios de una localidad. Cuando un profesionista o agente de cambio se concentra únicamente en la comunidad, deslinda muchas de las problemáticas que enfrentan estos territorios, los cuales requieren soluciones que van más allá de sus fronteras. Los grandes problemas de pobreza, marginación y falta de oportunidades no se resuelven con proyectos comunitarios aislados, sino que deben abarcar el desarrollo, de regiones, de procesos, en los que se dé las interrelaciones e integren a las comunidades con las dinámicas acordes a los recursos, que sean constantes a mediano y largo plazo, sea cual sea el contexto político o de gobernanza existente.
Consideramos que para lograr un cambio y transformar realmente el enfoque del desarrollo rural, se necesita:
- Incentivar a los especialistas a formarse óptimamente en evaluación, que puedan medir el impacto real de los programas y proyectos, reflejados en cambios positivos y sostenibles dentro de la población y localidades.
- No dejar a un lado que el desarrollo es fundamentalmente un proceso humano. A pesar de la importancia, ventajas y provechos que nos brindan las tecnologías o las innovaciones técnicas, solo son una medida de apoyo para mejorar las capacidades y oportunidades de las personas.
- Adaptar las acciones acorde a las condiciones de los sitios, sin llegar a imitar las modas intelectuales.
- No olvidar el enfoque integral, considerar la dimensión económica como la social, cultural y ambiental al implicar desarrollo.
- Expandir una visión regional que amplíe las fronteras municipales y comunitarias, pero que al mismo tiempo sean sensibles a las particularidades locales.
El desarrollo rural en México no necesita de los modelos internacionales, necesita un cambio de paradigma que coloque a las personas como ejes centrales, que valore tanto la tradición como la innovación, y que tenga la honestidad de evaluar de manera crítica sus propios resultados.
Solo así podremos superar el espejismo del crecimiento económico y construir un desarrollo que sea verdaderamente humano y sostenible.