Ante los pronósticos del aumento de la población a nivel mundial en los próximos años, los problemas climáticos extremos, la desertificación del suelo y la reducción de los recursos naturales, debemos ser conscientes de nuestro bienestar alimenticio, en cómo podemos generar nuestros alimentos ante estos eventuales hechos.
En la actualidad, dentro de las actividades agrícolas se estima que se consume el 77% del agua dulce disponible en el país; de ese dato, el 65% de este recurso se pierde debido a fugas, manejo, desperdicio o gestión del recurso líquido, por lo que se tiene que planificar adecuadamente el uso del agua para la generación de bienes y servicios.
Entonces, ante la escasez de agua y el crecimiento poblacional, las necesidades alimentarias radican en buscar nuevas formas para generar cultivos eficientes y sostenibles. Es por ello, que en los últimos años se ha practicado una alternativa en la que se puede producir más alimentos con menor cantidad agua, una acción que podría beneficiar al mundo, el cual está a expensas de los fenómenos originados por el cambio climático.
Esta práctica se ha aplicado en condiciones desérticas extremas por ejemplo en lugares como Dubai, donde puede ser posible cultivar a gran escala con una tecnología avanzada y adecuada. A esta modalidad se le denomina agricultura vertical, la cual implica el uso de instalaciones en el que se pueda cultivar en capas apiladas verticalmente, generalmente en entornos controlados como edificios o invernaderos. Esta práctica busca reducir y optimizar el uso del espacio, así como los recursos, permitiendo la producción de alimentos en áreas urbanas o donde el espacio horizontal es limitado o concentrado para un solo fin agrícola.
Las instalaciones deben estar diseñadas para producir la mayor cantidad de kilos o piezas posibles a lo largo del año y generar cultivos diferentes a la vez, lo que para los proyectos de emprendimiento podría ser un nicho de mercado. La agricultura vertical no solo permite optimizar el espacio, sino que rompe con las limitaciones del clima, la tierra o el acceso al agua. En estos sistemas las plantas crecen en interiores, colocadas en bandejas una encima de otra, formando auténticas torres de vegetales verdes. En lugar de luz solar, se utiliza iluminación led y en lugar de lluvia, sistemas de riego de precisión controlada.
Esta práctica en sitios alrededor del mundo ha brindado datos de una utilización menor de agua en un 95%, a comparación de lo que un cultivo tradicional utiliza regularmente. Uno de los ejemplos benéficos de la agricultura vertical, es el que sólo necesita alrededor de 15 litros de agua para cultivar 1 kg de verduras comparado con los 317 litros necesarios en las actividades tradicionales al aire libre.
Si bien esta alternativa, está fundamentada en los principios básicos de la metodología agrícola a base de hidroponía, permite tener: una mayor eficiencia en términos de producción, controlando la calidad y el ambiente; vigilando el entorno de crecimiento, reduciendo al mínimo el desperdicio, y el producto generado está listo para consumo desde la cosecha, garantizando así seguridad alimentaria durante todo el año.
Es un sistema tan eficiente que puede producir vegetales incluso en zonas de escasez de agua. Aquí la tecnología complementaria es alternativa, a través de la automatización y monitoreo en tiempo real conforme a las condiciones que las plantas requieren, temperatura, humedad, dióxido de carbono, luz, nutrientes, y hasta con el uso de la inteligencia artificial permitiría mantener un equilibrio perfecto sin necesidad de pesticidas ni fertilizantes agresivos.
La seguridad alimentaria a largo plazo y la autosuficiencia son vitales para el crecimiento económico de cualquier país, por lo que esta alternativa a la agricultura basada en cultivos apilados en hileras dentro de entornos controlados, muchas veces sin suelo y con iluminación artificial, puede ser un sistema que permita llevar actividades agrícolas a casi cualquier lugar del mundo.
En el caso de nuestro país, cuya actualidad está ante un estrés hídrico, una urbanización acelerada y la necesidad de garantizar alimentos sanos a millones de personas, la práctica de la agricultura vertical se perfila como una buena opción para el futuro alimentario, en el que tanto empresas, universidades y algunas dependencias ya están optando por estos sistemas como en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey con cultivos de lechugas, hierbas aromáticas y vegetales de hoja verde.
El mayor beneficio de la modalidad es el ahorro de agua y la disminución de dependencia del clima; mientras un cultivo convencional puede requerir cientos de litros por kilo de producto, en la agricultura vertical se puede lograr lo mismo con apenas el 5% de ese volumen, siendo una buena opción ante fenómenos como las sequías, sitios con escasez de agua, donde no sería una limitante producir más alimentos y a su vez ser más cercano para el consumidor.
Por ejemplo, en los Estados Unidos, este tipo de agricultura representa un poco mayor del 47% del mercado general de frutas y verduras en algunas ciudades. Esta tendencia también es impulsada por grandes inversionistas e incluso gobiernos. En otros lugares complementan esta modalidad con herramientas como la energía eólica, generando un cultivo de plantas en ambientes cerrados cosechando mayor cantidad de veces al año y estos productos pueden llegar a tener una duración perecedera alrededor de 13 y 14 días frescos, en comparación a los tres o cuatro días de los productos tradicionales.
Además, desde el enfoque ambiental, al ubicarse esta práctica dentro de las ciudades, puede reducir el traslado de productos vía transporte, disminuyendo así la huella de carbono del sistema alimentario.
La agricultura vertical puede ser una buena opción no solo en la forma de cultivar, sino dónde y para quién se pueda hacer, permitiendo producir alimentos sanos, sin pesticidas, utilizando menos agua, menos espacio y más cerca del consumidor.